Mostrando entradas con la etiqueta editor versus publisher. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta editor versus publisher. Mostrar todas las entradas

12/11/2011

Edición versus comisariado

Puedo recordar un artículo de Robert Storr en la revista Frieze donde éste realiza una crítica de la actual configuración de la figura del comisario como un nuevo auteur cuya autoridad sobrevuela por encima de las exposiciones y, de manera un tanto contingente, por encima de las obras y los artistas. A continuación, se pregunta si las artes visuales no estarían mejor servidas si los comisarios se modelaran a sí mismos como editores. Escribe: “He visto mi responsabilidad siendo parecida a aquella de un buen editor literario, quien podría justamente sentir orgullo en la capacidad de localización y fomento de realizaciones, pero quien de otro modo está contento de funcionar como el sondeador y respetuoso ‘primer lector’ de la obra o manuscrito –actuando así en nombre de todos los futuros lectores- y se muestra poco inclinado a intervenir en el proceso del escritor excepto en ese punto necesario donde extraer lo mejor que de él de manera que el subsiguiente diálogo entre la obra y el público sea el más elevado y abierto posible”. [1]

La modestia del editor (en la “modesta propuesta” de Storr) es aprovechable para el sistema curatorial actual, parece querer decir. Esta idea del “first reader” de la obra de arte es atractiva y contemporánea a la vez. El editor, como el comisario, “acompañan” a la obra literaria/obra de arte en el proceso de hacerse y no sólo antes y después. Esa compañía es la que forjará la relación entre el editor/comisario y el escritor/artista. Concluye su artículo: “más que hacer de vosotros como los próximos Beuys o Barthes o incluso el próximo Sam Fuller, pensad en su lugar en los grandes editores modernistas tales como Maxwell Perkins, Kurt Wolf and Jean Paulhan, por no mencionar sus equivalentes contemporáneos, y considerar que hacerlo de este modo en nombre de las artes visuales es mejor para todos los concernidos que añadir otro nombre a la lista de los aspirantes a batidores del mundo”.[2]

Me interesa este símil trazado por Robert Storr dentro del contexto actual del arte como una manera de no tomar las competencias profesionales como preformateadas sino sujetas al cambio, a la evolución y al aprendizaje.
Es necesario en este contexto, y ante la inminente confusión de posiciones y usurpación porparte del comisario o director/a de museo del rol específico del editor, de la siempre difícil tarea de la edición recordar las palabras de Bruno Munari acerca de lo que es la actividad editorial. Y escribe: “No sólo la proyectación gráfica de la portada de un libro o de una serie de libros, sino también la proyección del mismo libro como objeto y, por tanto, el formato, el tipo de papel, el color de la tinta en relación con el color del papel, la encuadernación, la elección del carácter tipográfico según el argumento del libro, la definición de la extensión del texto respecto a la página, la colocación de la numeración de las páginas, los márgenes, el carácter visual de las ilustraciones o fotografías que acompañan al texto, etcétera”.[3]

¿Se encarga actualmente el comisariado de estas tareas? ¿Se encargan los directores de museos y centros de arte de estas cuestiones? Evidentemente no, más bien, éstas son las tareas desempeñadas por los diseñadores. ¿Entonces? ¿Está hablando Munari de la sustitución del diseñador por la del editor y en última instancia, según el análisis de estas páginas que el comisariado debiera devenir en una especie de diseñador? Evidentemente tampoco. Desde el punto de vista de una ortodoxia editorial, el diseñador es una parte del engranaje más situada entre el autor y el editor. La actual desaparición de la figura del editor, entendida de manera específica, dentro del contexto artístico está generando un efecto de ampliación: cualquiera puede ser editor. De la misma manera que en la década de los ochenta e incluso en los noventa se organizaban exposiciones de todo tipo y muchas veces sin la figura del comisario, y hoy en día esto es prácticamente imposible, algo similar es posible predecir dentro del universo de los libros en papel. El problema reside en las políticas de la publicidad inherentes a un exceso de acreditación que lo que conlleva es un aumento del valor simbólico de los nombres acreditados. Existe el peligro de que los comisarios y directores de centros de arte firmen como editores todo aquello que sale en papel de las instituciones para las que trabajan o dirigen. Pero ¿son verdaderamente editores en el sentido de Munari? La pregunta con la que conviene cerrar aquí es la siguiente ¿es el editor un autor?

[1] Robert Storr, “The exhibitionists”, Frieze, Issue 94, Octubre 2005, p. 25.
[2] Ibid., p. 25. Las referencias a Beuys y a Barthes están sacadas de su análisis de “cada persona es un artista” del primero y de las variantes de “la muerte del autor” del segundo.
[3] Bruno Munari, ¿Cómo nacen los objetos?, Gustavo Gili, Barcelona, 1993, p. 33.

3/07/2011

Diseño gráfico, entre la autoedición y el concepto editorial

Recientemente se han publicado dos textos que responden a los títulos de “Arte y diseño en la encrucijada” y “Por una ecología de la forma” dentro de la publicación Inkontziente / kontziente del artista Xabier Salaberria (Gure Artea, Gobierno Vasco). Esta publicación me ha permitido experimentar con un ensayo de largo alcance alrededor del diseño en su cruce con el arte contemporáneo, para lo que he procedido de una manera inusual, es decir, escribiendo dos, sí, dos textos, completamente independientes entre sí, a la vez que unidos por un más que evidente nexo. El motivo de ello ha sido un intento por separar las implicaciones universales y particulares que un tema tan amplio como el diseño dentro del arte contemporáneo genera de por sí. Así, el primer texto es genérico, aún con nombres y referentes concretos. Se abordan temáticas como “la política de la reforma”, el display, el cruce entre archivo y display así como momentos concretos del llamado Artdesign, típico del cambio de siglo. El segundo texto es específico, y analizo la obra de Salaberria a la vez que desarrollo cuál podría ser esa “ecología de la forma” a la que aludo en el título. La separación de estos dos textos suponía una argucia conceptual y pragmática; a la vez que introducía una forma de lectura donde la síntesis entre ambos textos podía generar un pensamiento abstracto, la operación en su conjunto devenía en un ejercicio de diseño, si no de edición en el sentido más amplio del término. 
La expresión seguido de suele utilizarse ocasionalmente cuando un editor publica un ensayo o texto que en algún momento consiguió cierta celebridad. Debido a que el texto en sí no tiene el suficiente grosor, el editor (editor/publisher) selecciona otro texto de manera que entre los dos textos se consiga el volumen suficiente para hacer encuadernable el libro o libreto.
Esta es la fórmula “editorial” para ambos textos dentro de dicha publicación. Otro asunto es la forma del texto que, para el que no lo haya visto, replica de manera exacta la maquetación de mi escritura: Georgia 10, a doble espacio. El interlineado en la escritura lo es todo. A través del interlineado podemos distanciarnos de lo escrito a la vez que aprehenderlo.
Publico además aquí un par de diseños inéditos de algunas pruebas que realicé sobre la cubierta del folleto. La lógica era la de replicar la creatividad que se aloja en los programas de Word, y darle un carácter de material de fotocopistería: papel de color offset y tipografías estándar designando los dos textos de manera semi-autónoma.