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4/04/2012

Cine y Posmodernismo: "Crazy Clown Time", David Lynch



David Lynch conserva la cabeza” era el título de un perspicaz reportaje periodístico del desaparecido David Foster Wallace, aunque lo que los espectadores de sus películas siempre acaban preguntándose es si alguna vez la mantuvo en su sitio. Se ha lanzado estos últimos días en la red su última obra, “Crazy Clown Time”, un videoclip delirante dirigido por el cineasta de una de sus últimas canciones. Que Lynch hacía música era algo conocido (junto con lado de pintor, escultor, fotógrafo, el director ha sido siempre un artista polifacético). La querencia por grandes compositores (como Angelo Baladamenti) y su devoción por la música ya habían dado momentos de gran intensidad en sus filmes, aparte de un oído afinado para el sórdido ruido de fondo que se escucha siempre en las escenas de tensión. Pero el Lynch músico va más lejos, atreviéndose con sonidos bailables, redefiniendo de paso el sentido de lo que la “colaboración” artística significa en nuestra contemporaneidad. 


En este nuevo tema, Lynch se aleja del ritmo dance de “Good Day Today” apostando por un sonido repetitivo y enfermizo marcado por el ritmo oscilante de la batería y la aparición ventrílocua de su voz. “El tiempo del payaso loco” es un ejercicio de funambulismo artístico que se acerca a ese espacio de transgresión que el cine comercial hace tiempo ha dejado de lado y que parece encontrarse mejor en algunas tendencias del arte contemporáneo. Aunque toda transgresión ha sido mercantilizada hace tiempo, lo que Lynch nos ofrece (aparte de acceso directo a sus obsesiones) es una inmersión en los secretos del inconsciente. En alguna ocasión ha comentado lo necesarias que son para él las catarsis de la meditación, y si bien la conquista del inconsciente fue un reto intelectual para Freud, y los surrealistas encontraron ahí su particular paraíso creativo, con Lynch nunca se sabe si los misterios de los que bebe son reales o teatralizados hasta el paroxismo (el estilo lynchiano resiste cualquier medio y escuchar un poco de su cosecha musical supone salir de dudas sobre la presencia de “autor”). Pero además, la actual combinación de canción inclasificable y videoclip de artista es el “combo” perfecto para una definición de posmodernismo: no es solo que el videoclip ya fuera ensalzado como el arte del periodo dorado de la teoría posmoderna (ver Jameson) junto con el film-nostalgia, el pastiche, la danza y cierta arquitectura deconstructiva, sino que además hay que sumarle ahora el componente esquizoide, o esquizofrénica, de la propia producción cultural (y que es una de las marcas de la casa en Lynch). 


Si a alguien se le ocurrió pensar, cuando Terciopelo Azul, que Lynch había idiotizado a Isabella Rosselini, es que todavía no sabía con quien se enfrentaba. Para esta persona, todo lo que parezca o sea “raro” posee un profundo aroma poético; Foster Wallace supo capturar algo de esto cuando dio cuenta de las vicisitudes de un rodaje en esa joya periodística que he mencionado al comienzo, y estoy seguro de que sin duda aprobaría que el desvarío al que asistimos en “Crazy Clown Time” está en las coordenadas del sujeto en cuestión. Pero una estética esquizofrénica, hecha de retazos y subculturas varias, puede comunicar las enfermedades no de un sujeto concreto, sino los males toda una cultura. El sello de Lynch en la cinematografía actual es un hecho incontestable ( y uno espera el momento en que salga en DVD Drive, la aclamada y ultramoderna película de Nicolas Winding Refn que reinventa el genre-Neo-noir). Ese payaso en “Crazy Clown Town” puede ser el “ser” misterioso de Lost Highway o algún otro freak salido de Twin Peaks. Lynch no da respiro: exhibicionismo obsceno, sonidos guturales, rituales subculturales, cerveza derramada, personajes salidos del mundo degradado de la imaginería norteamericana, auténticos “fantasmas semióticos”: estrellas porno, jugadores de fútbol americano, punkis con cresta... y barbacoas. El acercamiento a ser otra persona, la doblez de la personalidad, que un gran Bill Pullman interpretara en Lost Highway, parece corroer a personajes en transformación, de cambios de identidad en tiempo real (no es difícil pensar que Lynch está más cerca del arte Cindy Sherman, Paul McCarthy o Mike Kelley). Por último, Lynch nos deja su personal incursión en la abyección, ese territorio abonado al psicoanálisis en donde lo execrable, lo repugnante y lo obsceno encuentran refugio, y donde el sujeto halla su morada.



9/15/2008

DAVID FOSTER WALLACE (1962-2008)






David Foster Wallace, uno de los escritores más influyentes de la literatura norteamericana actual fue encontrado muerto el pasado viernes 12 de septiembre en su casa. Suicidio. A la edad de 46 años, Foster Wallace era ya uno de los grandes de la literatura por su ambición e innovación sin límites, recogidas en su "opus magnum" "La Broma Infinita" (Infinite Jest) (Mondadori, 2002), aunque publicada originalmente en 1996. A la hora de analizar su obra se pueden trazar paralelismos con autores mayores como Thomas Pynchon. Dotado de un ojo clínico, su obra no era únicamente posmoderna sino que ambicionaba la disección de los estratos sociales con un sentido del humor dotado de un calor humano. Para mi Foster Wallace ha supuesto un modelo de escritura donde literatura y periodismo se aliaban en aras a un modelo que podría considerar como de "meta-comentario". Su recurso a las notas a pie de página es importante y ha supuesto una inspiración para algunos de mis textos, sobre todo en la manera en la que éstas cobran vida y se independizan del texto-madre, adquiriendo un sentido de escritura que es inacabable pues cualquier idea puede ser comentable hasta el infinito en un juego de referencias, "name-dropings" y otras derivas "esquizofrénicas". Otro de sus valores estaba en su capacidad para contar, narrar, dentro del ámbito de una especie de "new-new journalism". "Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer" (Mondadori, 2001) es en este sentido exquisito y divertido a partes iguales. David Foster Wallace ha permanecido siempre como un modelo donde poder de vez en cuando contrastar mi escritura dentro del arte en relación a géneros que se hibridan, se mezclan, donde el análisis exhaustivo no tiene por qué condenar el divertimento, la ironía o el placer. Descanse en paz.